Lo que cuentan los ríos: Anécdotas Cuyanas

“Lo que cuentan los ríos: Anécdotas Cuyanas”, libro de Sergio “Batata” Bongiovanni, contiene relatos inspirados en anécdotas sucedidas en los ríos y arroyos cordilleranos de la Provincia de Mendoza, que resaltan la historia de los parajes y sus tradiciones; comenta leyendas y pone énfasis en la toponimia.

Lo que cuentan los ríos: Anécdotas Cuyanas

El apego por las actividades al aire libre y la pesca con mosca son unos de los más fuertes motores de cada cuento, que develan sitios poco visitados o desconocidos al pie de Los Andes. Destaca los valores de nuestro mayor prócer, el General Don José de San Martín, contando la travesía de la columna más austral del Ejército de Los Andes realizada por el Paso El Planchón, en el marco de la Gesta Libertadora de América.

Lo que cuentan los ríos: Anécdotas Cuyanas

En definitiva, estas historias hacen homenaje a lo simple y natural de la vida, a los amigos y a la familia, a los antepasados, a la tierra y a su gente, al agua y a la montaña, al vino y sus hacedores. Y con la tinta humilde que brota de amenas vivencias intenta plasmar los rasgos de nuestra cultura con el único afán de arraigar la propia Identidad.

Lo que cuentan los ríos: Anécdotas Cuyanas

A continuación un fragmento del libro, perteneciente al capítulo “Morro del Cuero”:

“…Siendo las diez de la mañana, y con la verticalidad del sol sobre nuestras cabezas, emprendimos la caminata Río Diamante abajo, dejando atrás la gran laguna que da su origen. Y al igual que siempre, extrañados por su presencia, las gaviotas Capucho Café, nos daban su buen augurio en pacífico vuelo. La senda profunda y marcada costeaba la vega sobre la margen este del río. A nuestra retaguardia, dejábamos el Volcán El Maipo que nos mostraba una nueva cara, no tan perfecta desde este ángulo, como su imagen de fotografía.

El río discurría serpenteante con su color netamente azul entre vegas pobladas de infinitas flores de impensados colores y aromas. El cielo límpido daba más imponencia a las montañas que nos rodeaban. Esto fue nuestro sosiego. Nos levantaba el ánimo ante la incertidumbre que teníamos de cómo iríamos enfrentando este camino desconocido para nosotros. Habíamos recibido una precisa instrucción de las personas que nos habían asesorado sobre el recorrido del viaje; seguir la senda más marcada era la premisa, nunca abandonarla y evitar el tránsito por la margen del río en los sectores accidentados.

El sol empezó a hacerse sentir, y el calor activaba nuestra sed. Cada tanto, parábamos a tomar suficiente agua fresca del río. La hidratación es fundamental en este tipo de actividad. Íbamos disfrutando a pleno de la travesía y del paisaje. Éramos agraciados de poder estar ahí y apreciar la bondad de la naturaleza para con nosotros. Una multitudinaria compañía nos observaba, sigilosos y atentos; los guanacos dejaban ver su esbelta estampa. Su mansedumbre era sorprendente ante nuestra presencia.

Comenzamos a transitar por un valle. El sendero nos fue llevando a un lugar donde pasa por entremedio de un montón de grandes rocas, como desparramadas, tipo calcáreas de color entre rosado y beige anaranjado. Dos de las más grandes, apoyadas entre sí, formaban una especie de refugio en forma de gruta, tiznado por viejos fogones. Supusimos que este lugar, por sus características, era Casa de Piedra, referencia importante en el mapa de nuestro itinerario. No fue así. Recién habíamos caminado unos tres kilómetros, y Casa de Piedra figuraba a diez, marcando prácticamente la mitad de camino entre la Laguna del Diamante y el Morro del Cuero. Desvanecidas las ilusiones de haber andado un buen trecho, decidimos continuar viaje.

El río que nos venía acompañando comienza a descender, toma una curva hacia la derecha y se pierde, cerrándose en su recorrido a ambos lados por unos escoriales de color negro oxidado. Sobre las oscuras rocas, resaltantes planchones de nieve miran al sur por lo que han logrado subsistir aportando hilos de agua al gran Diamante. La senda se apartaba de la costa del río y comenzaba a ascender sobre la ladera de un cerro. La altura nos daba una visión diferente. El recorrido del agua, que hasta hace un rato era azul y tranquilo, se veía blanco y espumoso. Su tránsito era rápido por la pendiente que había tomado. El río venía encajonado. La humedad filtrada sobre las paredes que lo contenían sostenía la vida de musgos y helechos. Los saltos de entrometidas rocas hacían su curso esquivo. El río venía bajando entre grandes riscos, peñascos y extensos acarreos. Seguíamos en lo alto. La senda de unos treinta centímetros de ancho se perdía de a ratos. Se tornaba dificultosa la marcha por las características hostiles del terreno. Nuestro ascenso era a paso lento pero seguro. Una pared de roca impidió nuestro paso; habíamos errado la senda. Hicimos un alto para ver por dónde continuaríamos. Desde su base, brotaba a borbotones, por entre las piedras, un chorro de agua que nos incitó a beberla fresca y transparente en su origen. Recordábamos el consejo respecto de las sendas. Había sido claro, pero la aplicación práctica no era tan sencilla. En ocasiones, había múltiples sendas, en su mayoría de guanacos; nos exigía preciso cuidado y buen ojo para la elección. En otras, desaparecían y debíamos recurrir a nuestra intuición para guiarnos. Mirábamos y no encontramos el rastro de ninguna senda que siguiese. Decidimos bajar un poco con mucho cuidado entre las piedras flojas y filosas. Era movedizo el gran acarreo; corríamos peligro de desmoronarnos y que fuéramos a parar al río. Volvimos a caer a la senda principal. Desde abajo, la magnitud de la pendiente revelaba la dificultad que habíamos franqueado; también lo hacía evidente, la prisa que traía el agua de la vertiente brincando sobre las piedras. El camino se puso más llevadero. Estábamos más tranquilos.”

Lo que cuentan los ríos: Anécdotas Cuyanas

Los interesados en el libro pueden contactarse con su Editora Viviana Michelan de las siguientes formas:

Móvil: 0261 6110160
e-mail: lo.que.cuentan.los.rios@gmail.com
Facebook: www.facebook.com/Lo-que-cuentan-los-rios

Lo que cuentan los ríos: Anécdotas Cuyanas
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