Mi vida en una mochila

En esta nota te presentamos a Nati, mochilera argentina que ha empezado a recorrer Sudamérica y que le gusta viajar, según nos cuenta, “lento, a mi ritmo, tranquila, sintiendo y viviendo cada lugar”

Relato enviado por Natalia Bainotti

Soy Natalia Bainotti, tengo 24 años, y a principios de junio empecé uno de mis viajes más soñado. O mejor dicho, a mitad de junio me tomé el bus; el viaje ya había empezado en mi cabeza hacía varios años atrás.

Desde que volví de mi primer viaje que hice de mochilera por Europa, Turquía y Egipto, me hice una promesa a mí misma: no volvía a hacer ningún otro viaje sin antes conocer mi propio continente. Así, desde hace dos años, mi cabeza pensaba en un viaje en concreto (y muchos en potencia): Sudamérica con mochila, sin fechas, sin planes fijos, sin rutas predeterminadas. Recorrer mi continente, mi tierra; conocer sus países, su gente, su cultura; vivir, hablar y comer con ellos, tener todo el tiempo que quisiera para meterme profundo en sus raíces. Irme, más o menos (o como mínimo), un año o un año y medio de viaje. Aprovechar el máximo tiempo posible en cada país. Y si se puede más, por qué no.

Mi vida en una mochila
Una “cholita” (mujeres del campo) con su vestimenta típica

En noviembre del año pasado dije que me iba a principios de este año, y por diversas cosas el viaje se fue posponiendo y terminé saliendo recién en junio. Primera parada: Salta unos días a visitar familia, y de ahí sí, Bolivia me esperaba.

Blog de Natalia:
www.mividaenunamochila.com

Llegué a Tarija, sur de Bolivia, a sólo 3hs de la frontera con Argentina, el 17 de junio, con la idea de quedarme dos semanas. Dos semanas que se transformaron en cinco. En el viaje, además de conocer y recorrer, hago dos cosas: escribo crónicas de viaje para un diario de mi ciudad, Rafaela, y doy capacitaciones y soporte general en diferentes oficinas de AIESEC (una plataforma internacional de desarrollo para jóvenes, en la que ya había trabajado cuatro años en Argentina y Chile) de las ciudades que visito. Mi llegada a Tarija era por eso, porque los chicos de AIESEC de ahí me habían pedido que vaya.

Mi vida en una mochila
Un jeep y su grupo, contemplando la inmensidad del Salar de Uyuni

Obviamente, como todo viaje, el mío tiene su componente turístico: cada ciudad en la que estoy aprovecho a caminarla, recorrerla, salir a sacar fotos, conocer sus alrededores, y visitar lo más que puedo según lo que me interesa.

Mi vida en una mochila
Los miércoles y sábado son día de feria, fuera del Mercado Central, en Oruro. Se puede encontrar absolutamente todo, desde frutas, verduras, enlatados, cereales, pastas, ropa, cámaras de foto y celulares, repuestos, comida preparada.

Hasta ahora, en estos dos meses y medio en Bolivia, visité Tarija, Oruro (también para dar soporte en AIESEC), Tupiza, Uyuni y ahora estoy en Sucre, diez días que se transformaron en veinte. Así, salvo Tupiza y Uyuni, paro en casas de familias, de chicos de AIESEC, lo que me permite un acercamiento mucho mayor a la cultura. Después de Bolivia, la idea es seguir por Perú, Ecuador, entrar a Brasil cruzando el Amazonas hasta Manaus y ahí veré, si voy al norte rumbo a Colombia (ya estuve el año pasado, y tengo muchas ganas de volver) o si empiezo a bajar por Brasil. Y quien dice, si en una de esas no termino recorriendo América Central, o de Colombia me voy a Venezuela, las Guyanas y Surinam.

Mi vida en una mochila
Don Jaime, dueño de una bodega en el Valle de Cinti, mientras nos llevaba a recorrer sus viñedos.

En cada país, la idea es también parar en casas de familia, ya sea por conocidos o amigos de AIESEC (mientras trabajo en la oficina local en esa ciudad), o bien a través de CouchSurfing (una comunidad de viajeros). Los hostels sólo los uso como última opción en caso de no conseguir de ninguna de esas dos formas (o sea, que no haya ni AIESEC ni gente de CouchSurfing en la ciudad), ya que me gusta tener ese contacto diario, sincero y desinteresado que se genera al estar hospedándote en casas de locales.

Mi vida en una mochila
Llamas en Yuticancha, un pueblito de la Reserva de Sama

cada vez más estoy segura de que ésta es la forma en que me gusta viajar: lento, a mi ritmo, tranquila, sintiendo y viviendo cada lugar

Hoy en día, trabajando, viviendo e interactuando todos los días con gente del lugar, quedándome no sólo tres o cuatro días sino varias semanas, siento que me voy apropiando poco a poco de cada ciudad, que se me vuelven familiares, que un pedacito mío se va quedando en cada rincón, que me hago amigos en cada ciudad. Hoy en día, después de algunos viajes en mis hombros, y haber estado apenas entre cinco a diez días en un país (como me pasó en Rumania, Alemania, Bulgaria o cualquiera de los países de Europa que visité), hasta haber pasado un mes o más en otros (como fue el caso de Cuba, Egipto, Turquía por ejemplo), cada vez más estoy segura de que ésta es la forma en que me gusta viajar: lento, a mi ritmo, tranquila, sintiendo y viviendo cada lugar. Y para mí, ese es un sentimiento incomparable.

Mi vida en una mochila
Sembrando plantaciones de cebolla, en Tupiza

 

Fotos: Natalia Bainotti

Seguí a Natalia y sus viajes en estos sitios:

Blog: www.mividaenunamochila.com
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